martes, 13 de abril de 2010

Biología+Cultura


Si algo confirma que cada ser humano es único e irrepetible son las vivencias biológicas que tenemos como seres vivos. En todos por igual, pero cada uno tiene su historia personal del hecho en cuestión. Tiempo y lugar contextualizan a cada generación, y lo que termina de ponerle la frutilla al postre irrepetible es el contexto cercano, la cultura que nos crió: la familia.

Algunos episodios se diferencian del resto y se hacen memorables ya que han tomado una relevancia y valor simbólico en la sociedad por su carácter de iniciales, la marca de una nueva etapa del crecimiento del individuo.

Cuando tenía aproximadamente 9 años, ya me veía como de más edad. La altura y el hecho de ser “grandota” (palabra odiosa que se usa para decir gorda de manera encubierta) me hacía ver un tanto diferente a la media de las chicas de mi edad. Se decía que estaba “más desarrollada”, cosa que tampoco me agradaba mucho oír si por desarrollo entendemos: tener que usar corpiño y suplicarle a tu madre que te deje depilarte porque ya no da para más andar con esa cabellera en las piernas. “Pero si son pelitos rubios mi amor”; si mamá, dale, andá y decile eso a los pibes de 7mo que me joden en el recreo…

En esos años mi mamá, que es médica además de mamá, me dió a conocer algunas cuestiones acerca de los cambios en el cuerpo femenino por si acaso me estuviera por pasar. Y claro, su hermana es ginecóloga, ¡qué mejor que llevarme al consultorio para que me cuente con gráficos y tecnicismos todo acerca del tema!

Yo no quería saber nada con esa mierda que me estaban contando, lo único que me faltaba, una cosa más para ser la nena que parece más grande. Ahora ya sabía que había pruebas mucho más contundentes que podían aparecer…

Después de haber sido instruida pasó un tiempo largo, meses, en los que cada vez que sentía algún dolor abdominal o en los pechos, rezaba a la voz de “no, no, por favor, todavía no, la puta madre”. Dos por tres, el recordatorio de madre o tía entusiasta: “¿y? Mirá que en cualquier momento, eh! ¡Ya estás lista!” Pero por favor, ¡que no quiero hablar de eso con ustedes!

Y claro, yo ni sabía si mis amiguitas estaban enteradas, así que mutis. Era como saber que papa Noel no existe, no da ir por la vida desvirgando oídos de niños desinformados. Además, en esa etapa, los niños éramos crueles, y cualquier cosa podía ser motivo de difamación, burla y hostilidad.
Un día: la vivencia inevitable del ser humano. Vas al baño, como de costumbre… y hay un indicio. Nervios, la puta madre, ¿qué hago ahora?

Ya me la veía venir así que dejé que la corriente me lleve. Desde el inodoro abrí la puerta levemente y le grité a mi madre que viniera. Obviamente no me preguntó desde el otro lado sino que entró. Las madres no entienden de la intimidad de los hijos, mucho menos mi adorada madre. La mire, y casi llorando dije “¿es?”. Casi se desmaya de la emoción, y yo casi me desmayo del asquete que me daba ser abrazada alegremente sentada triste en un inodoro. ¡Que no quería ser grande antes que los demás!

El trauma de pasar a una etapa de madurez porque el cuerpo lo dice. Es lo que me tocaba, a fumármelo.

Me pusé esa cosa horrenda a la que se le suele llamar “toallita” (hoy se las puede conseguir en espesores ínfimos, en ese entonces eran bien llamadas “panchos”, calculo que por el tamaño extra large). Salí caminando cual cowboy recién bajado del caballo, y habiendo hecho tan solo unos pasos hacia la cocina se escucha sonar el teléfono.

Atiendo, es la voz de mi abuela, parece estar contenta. No recuerdo bien que dijo antes ni después, pero recuerdo las palabras “felicitaciones, una señorita más en la familia”. ¡Qué horror! ¿Qué le debía decir? ¿Gracias?, ¿gracias por felicitarme por algo que desearía que no hubiera pasado? ¿Gracias por esta situación incómoda? ¿Gracias por hacerme saber que mi mamá no puede mantener la boca cerrada ni lo que tardé en salir del baño?

No sé que le contesté, ni que le contesté a las siguientes cinco o seis personas, mujeres claro, que llamaron durante el resto del día. Lo que si se es que ese día me esgunfié bastante, hasta podría decir que fue el primer día de mi adolescencia. No por el cambio físico, porque me daba bronca ser parte del clan.

Después creces y se te pasa. Ahora me acuerdo y me da risa, pero que tirria me agarré. Con el tiempo mis amigas fueron cayendo también, y ya esas cosas las hablábamos con amigas.

Por suerte entendí que mi vieja quiso hacérmela fácil en cierto modo. Ella un día allá por los años ´50 se despertó, vió sangre en la sábana y pensó que “se había lastimado”. Esas cosas no te las decían hasta que no era estrictamente “necesario”. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario