
No sé muy bien, y tampoco investigué demasiado como para poder asegurar si es una cuestión pertinente a mi generación o es algo universal. El momento de la infancia en el que de repente nos gustaría “usar aparatos”, “tener anteojos” o haber estado por algún motivo “enyesado”.
Yo por suerte (toco madera) nunca cumplí el sueño del yeso; pero tuve la dicha de usar aparatos. Tuve de esos que “se ponen y se sacan”. Que no te corrigen los dientes, pero te hacen babear como un rottweiler. Ojo, no los llevaba al colegio… los usaba sólo en el ámbito hogareño. De los fijos también usé, pero lamentablemente en una edad terrible como es el inicio de la adolescencia (aprovecho para mandarle un saludo al chico, que ahora debe ser un hombre pelado, quien fuera mi “primer beso”, y decirle que espero recuerde mis brackets con cariño). Me los sacaron relativamente rápido, y mis dientes lentamente volvieron al libre albedrío odontológico post ortodoncia.
El tema de los anteojos no me abandonó aun. Estando en edad escolar fui al oculista. Mejor dicho fuimos, porque la consulta también valía para mi hermano. El sufrió mi persecución hasta el inicio de la adolescencia; materializada en la copia insistente de todo lo que él hacía, quería hacer… o casi todo. Obviamente los dos queríamos saber si teníamos que usar anteojos o no. El oculista explicó: “imagínense que el ojo es una pelotita bien perfecta, bueno, ustedes no la tienen tan perfecta, para eso van a tener que usar anteojitos”. Que tierno… ¿no? Igual sonaba tierno, porque era un tipo que se divertía deslizándose por todo el consultorio con la silla de escritorio; y porque nos estaba diciendo que si al anteojo.
Fuimos escoltados hacia la óptica del barrio en donde se exponía ante nosotros un mundo. Pero como en la vida no todo es color de rosa y los anteojos se pagan, nuestro espectro elegible se redujo a tres o cuatro marcos diferentes. Sólo teníamos a disposición a los metálicos, y en especial a los más fuleros. Indecisa, como siempre, terminé de decidir en el momento que mi querido hermano eligió los suyos (plateados) y yo elegí los mismos, pero doraditos con marrón, muuuy feos. Pero estábamos contentos…Pasaron los años, dejé de usarlos con cariño, dejé de usarlos literalmente. La realidad es que no era una necesidad imperante en ese momento, así que los abandoné.
Una vez entrado el colegio secundario, empecé a notar algunas situaciones extrañas. Dolores de cabeza post horas de lectura, fruncimiento de ceño ante letras lejanas pequeñas y sobre todo: imposibilidad de cambiar el foco con rapidez después de hacer una actividad que utilice la vista cercana. Para aquel que nunca lo padeció: estás leyendo y de pronto alguien te habla, levantas la vista y no ves una puta mierda, tardás un ratito en poder enfocar correctamente.
Y claro, era la vista, pero ahora ya no me daban ganas de usar anteojos. La elección del marco se redujo a una cuestión física: pestañas largas + cachetes regordetes + nariz de tabique sumiso. El resultado: si el marco es muy grande, me toca los cachetes. El tabique sumiso no sostiene lo suficientemente bien como para que el anteojo quede en una posición fija. Si me los trato de subir mucho se chocan las pestañas al cerrar los ojos. Entonces me elegí los que pude. Unos que tienen un look bastante infantil y bastante ortopédico a la vez. Los usé muchísimos años para leer o trabajar en la computadora, siempre en el hogar. Creí haberlos perdido, me compré otros, encontré lo anteriores, los uso alternando por épocas, siempre en el hogar.
Viajo frecuentemente en transporte público y no tengo emepetrés, aprovecho para leer. Sin anteojos claro, en publico no. Últimamente vengo notando que debería evitarme el dolor de cabeza post bondi/tren usándolos ahí también. Pero… creo que no estoy preparada para pasar a ser una persona “con anteojos”.
Recién una amiga me decía “es como que uno está mostrando una debilidad”. Qué genia, la cagó bien cagada, ahora ni mierda que me los pongo…
Bueno, igual ella es miope, que es otra cosa, ellos sufren desde chicos, están acostumbrados…
Jajaja es verdad lo de los cachetes pasa pasa
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